Cultura popular tradicional aplicada

Mario Ardón y su pasión por la cultura popular.

Por Helen Umaña | Guatemala 

 

El pícaro conejo logrando que tío coyote, para comerse el queso, vaciase el agua de un lago con consecuencias desastrosas para su cuerpo. El pájaro del dulce encanto y las dudas del cura sobre cómo hacer para que no se escapase al levantar el sombrero. El hombre sin cabeza… o el siniestro jinete galopando sobre un caballo que echaba fuego por los ojos… Sonoras carcajadas o escalofríos de delicioso terror, aunque la historia se repitiese por enésima vez…

Era la respuesta infantil de cuatro o cinco hermanos que, cuando iba entrando la noche, recostados sobre una cama enorme, escuchábamos a nuestro padre. Era el mejor momento del día. Inconsciente percepción de una realidad bipolar en donde el bien y el mal siempre estaban presentes. Sutil filtración de una ética fundamental al margen del terrífico infierno. Primicias de la visión estética del mundo. Y, por encima de todo, la comunión espiritual y el afianzamiento de lazos afectivos. Cimentándose, la intuitiva certeza de que teníamos un padre amoroso que, por un momento, había dejado de lado el urgente trajinar para dedicar, a esos chicos, ávidos de conocer la realidad, unos cuantos minutos que —ahora lo siento así— tenían la calidad del más puro metal. 

Libro MA

Por muchos años, relegué esas historias al rincón último de la memoria. Otras lecturas supuestamente de mayor prestigio intelectual fueron ganando la partida y desplazando el interés por esos cuentos con los cuales mi padre —tal vez sin proponérselo en forma premeditada— nos hizo saber que, más allá de las cuatro paredes del hogar, existía un mundo múltiple y maravilloso. Lleno de peligros, sí. Pero que podían ser vencidos o superados mediante los recursos que la inteligencia, la perspicacia o la intervención de algún ser generoso podían proporcionar. Lecciones de vida en el momento justo cuando la semilla podía fermentar sus jugos para eclosionar, años después, en la espléndida floración de una vida asumida con la mayor dignidad posible. ¡Qué deuda con nuestro padre! Nos hizo nacer a la vida. Pero también —lo cual tiene más peso— hizo surgir, en sus inquietos vástagos, un cierto sentido del bien, la justicia y la belleza, aspectos siempre implícitos en lo mejor de la tradición oral de cualquier comunidad.

Tal vez por culpa de un sistema educativo que también los relegaba, esos relatos y otros similares dejaron de interesarme. Pero un buen día, entre otros del mismo corte, cayó en mis manos uno de los libros de Mario Ardón y, al hojearlo, empecé a recordar. A decirme: «Esta historia se la escuché a mi papá»; «De esta ya no me recordaba»; «Los nombres de estos perros me suenan…». Había reencontrado la ruta de valoración que nació a la sombra de la vieja casa familiar.

Mi padre nació en Antigua Ocotepeque a principios del siglo XX y los informantes de Mario procedían de Olancho, o de Santa Bárbara o de la zona de La Mosquitia. Ello evidenciaba algunos aspectos dignos de tomarse en cuenta: la antigüedad del relato que, con seguridad, venía de más allá del siglo XIX (Ramón Rosa, en su niñez, escuchó los del tío conejo, según confiesa en «Mi maestra Escolástica»); la dispersión del cuento en diferentes regiones del país; la fidelidad al núcleo básico del que lo contó y la permanencia de lo popular y tradicional que se resiste a morir pese a los embates de la industria cultural contemporánea.

Mario Ardón ha realizado una labor ejemplar. El tesoro de la cultura popular (literaria, artística, religiosa, gastronómica, lúdica o de cualquier otra índole), no a la «zumba marumba» —expresión popular que le escuché a la hermana mayor de mi padre—, sino en adecuada sistematización e inteligente interpretación.

El país está en deuda con Mario Ardón. ¿Cuántos años de su vida habrá invertido en recopilar una información que, dentro de la anécdota, lleva implícita una manera de sentir, de pensar y de soñar? Porque tratándose de literatura (sea oral, anónima, popular y tradicional o de la vertiente «culta» y escrita) no solo se trata del relato en sí. En cualquiera de sus formas, tras la anécdota, siempre hay una concepción del mundo y un planteamiento de vida. La «dueña» de la laguna que solo permite que se extraigan los peces que se van a comer. El «dueño» de las jagüillas con igual condición. La imposibilidad de preparar el campo de siembra porque el campesino, sin ninguna razón, maltrató el tronco de un árbol y cuyo «dueño», en represalia, le niega su ayuda. Sin saber la existencia de la palabra ‘ecología’, en la figura mítica del «dueño», subyace el respeto y el cuidado de los bienes naturales. Si el orden normal se vulnera, es necesaria la restitución del equilibrio universal. Lecciones de este tipo, implícitas en los relatos, chistes, bombas y obras de teatro que Mario Ardón ha salvado para la posteridad. La Sigualepa: Cultura Popular Tradicional Aplicada proporciona muestras del acervo cultural que singulariza y le da un perfil único al país.

¿Y qué decir de los rostros de niños, mujeres y hombres de toda edad eternizados en fotografías que captaron la luminosidad de unos ojos, la espontaneidad de una sonrisa o los infinitos surcos sobre la piel de un anciano? ¿Con cuántas imágenes de iglesias, puertas y ventanales antiguos, trajes, comidas, máscaras, instrumentos musicales y aperos de labranza cuenta la fototeca de Mario Ardón? Discursos más gráficos que infinidad de palabras. Una riqueza iconográfica que algún día quizá conforme un espléndido legado resguardado por el solvente cuido en alguna institución de prestigio. Mientras tanto, La Sigualepa: Cultura Popular Tradicional Aplicada ofrece algún adelanto.

Decenios atrás, la cultura popular no tenía lugar en los estudios académicos. Por una gran miopía intelectual solo se percibía como digna de estudio la cultura que tenía el marchamo de lo extranjero, lo clásico, lo que seguía las normativas que se consideraban de abolengo y las cuales estaban respaldadas por una tradición de prestigio, con nombres cimeros de los que ocupan muchas páginas en los libros de historia.

Afortunadamente, a lo largo del siglo XX, fue gestándose una corriente intelectual y científica que hizo cambiar el panorama. La tradición oral, popular y anónima emergiendo a primer plano en el trabajo del científico social. Lo que refleja sentires colectivos tenía una razón de ser. Formaba parte de la realidad. Por lo tanto, para tener una visión integral de la sociedad, debía de recopilarse, sistematizarse e interpretarse. Este es el invaluable servicio que Mario Ardón Mejía le ha prestado a Honduras tanto en sus obras anteriores como en La Sigualepa: Cultura Popular Tradicional Aplicada, obra que, en un momento en donde prevalecen las fuerzas oscuras, viene a recordarnos que, en Honduras, hay hombres y mujeres que siguen apostando por la pervivencia de palabras que, para la mayoría, han caído en desuso. Entre otras: amor a la patria, honradez, dignidad, justicia y belleza. Hablo de las personas que con su trabajo al margen del interés numismático nos reconcilian con la vida.

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